En algún momento de nuestras vidas empresariales, todos/as hemos tenido esa idea de negocio innovadora, que hemos descartado por absurda.

Otros empresarios y emprendedores no descartaron las suyas, y estas ideas se transformaron en negocios de éxito.

Iniciamos hoy una serie de posts dedicados a esos negocios con los que, cuando hemos visto su éxito de ventas, nos hemos dicho «y si se me hubiera ocurrido a mi».

La Batamanta

Allá por 1998, su creador, Gary Clegg, era estudiante de primer curso en la Universidad de Maine y vivía en una habitación de una residencia universitaria, durmiendo dentro de un saco de dormir a causa del frío. Para poder usar el mando a distancia del televisor, le hizo un agujero al saco de dormir y, posteriormente, le pidió a su madre que le cosiera una manga. Más adelante le añadió otra manga y redefinió el diseño del producto en los años siguientes. Comenzó regalándolas a amigos y familiares, y en 2006, contando con su hermano Jeff como inversor, comenzó a producir en masa estas «mantas con mangas», y a venderlas en www. theslanket.com.

En 2007, la «Slanket» fue seleccionada para la venta por  el gigante de las «teletiendas» QVC, y por Skymall, una publicación de venta por catálogo distribuida a bordo del 88% de los vuelos domésticos en Estados Unidos. En 2008, las ventas de la Batamanta alcanzaron los 4 millones de dólares, y los 7 millones en 2009. Ese mismo año, apareció en el mercado la «Snuggie», una imitación de menor precio y calidad que, gracias a una fuerte inversión publicitaria, consiguió superar en ventas a la «Slanket», y se ha convertido en la marca líder de «batamantas».

Imitadas las «Slanket» hasta la saciedad, las batamantas se venden actualmente en todo el mundo tanto a través de teletiendas, tiendas físicas y online, y mercadillos.

En éste y otros casos, los números demuestran que la imitación es más efectiva que la innovación. Como dice en su libro «Copycats» (Imitadores), Oded Shenkar, los innovadores son un grupo que sólo consigue una pequeña porción del valor de una innovación. Habitualmente, la mayor porción va a parar a manos de empresas a menudo etiquetadas como imitadores.

Shenkar deja claro en su libro que no aprueba el robo de propiedad intelectual. Más bien, lo que tiene en mente es un producto, proceso o modelo de negocio que puede ser legalmente duplicado.

Concluyo el post, coincidiendo con Oded Shenkar, que las empresas, para tener éxito, tenemos que aprender tanto a imitar como a innovar.

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