Uno de mis empeños cuando se trata de analizar asuntos financieros es aplicar el sentido común, creo que ya lo he dicho más de una vez, y estoy totalmente convencido. Muchas veces hace falta “reducir” a una dimensión abarcable e inteligible los números para poder tener referencias y criterios para entender los números. Claro que hay mucha gente interesada en exactamente lo contrario y que a poco que les dejemos con argumentos gramaticalmente perfectos… terminan postulando que la Tierra es cuadrada y que la fuerza de la gravedad funciona en dirección contraria. E incluso hacen parroquia y seguidores.

Yo sigo empeñado en analizar las cosas con ojos de tendero y convencido de que las razones y los argumentos valen igual para una pequeña tienda que para la multinacional más grande o incluso los países. Eso sí, soy consciente que las condiciones y las posibilidades no son las mismas, pero los argumentos para analizarlas sí.

Un tema de lo más habitual y general es el de endeudarse para poder comprar algún bien como una casa o un coche, incluso un viaje, una lavadora o cualquier otro artículo. Es de lo más normal pagar cualquier cosa a plazos, esto es “en cómodos plazos”. E independientemente de para qué usemos el dinero (ese es otro tema que daría para largo), el mero hecho de endeudarse para poder acceder al bien que deseamos creo que tiene interés.

Desde el punto de vista del vendedor, está clarísimo por qué le conviene: le facilita la venta: es más fácil vender si se facilita el pago, y en segundo lugar, se asegura el cobro casi de forma inmediata: el comprador asume la deuda con una entidad financiera y no con el vendedor (normalmente). Desde este punto de vista está claro.

Desde el punto de vista del comprador hay dos ventajas claras: puede acceder “inmediatamente” al bien y en segundo lugar convierte una inversión o un gasto de una cuantía elevada en pagos periódicos (mensuales generalmente) más pequeños y por tanto asumibles.

El problema surge cuando hacemos esto mismo más de una vez de modo que se van superponiendo cuotas de diferentes deudas, incluso de bienes que ya no usamos pero que seguimos pagando, de forma que la suma de muchos pequeños pagos se convierte no ya en un lastre sino más bien en una losa.

¿Dónde está la trampa? Para mi forma de verlo la trampa está justo en el lugar más inocente y por esa razón pasa desapercibida. Cuando asumimos una deuda para la adquisición del bien estamos adelantando el uso difiriendo el pago, justo lo contrario que haríamos si no tuviéramos la posibilidad; primero tendríamos que ahorrar durante un tiempo para finalmente adquirir el bien. De forma que endeudarse es como si fuéramos gastando los “sueldos futuros” o ingresos futuros.

Propongo un absurdo (o no tanto) para reflexionar. Imaginen que partimos de 0 en todos los sentidos y que tenemos la gran suerte que nos contratan en una empresa muy solvente y además lo hacen con carácter indefinido. Imagínense además que nos paga TODOS los salarios que vayamos a cobrar en toda nuestra vida laboral y nos los pagan en el acto (ya sé que es un absurdo… pero piénselo por un momento) …Y nos gastamos todo en cualquier cosa … O imagínense que no lo gastamos todo pero sí una parte, por ejemplo la mitad y compramos de una vez: casa con todos sus componentes y enseres (nos estaríamos ahorrando los intereses que tendríamos que pagar si hiciéramos una  hipoteca), pagamos por adelantado la electricidad, el teléfono, todos los impuestos y gastos (para quedarnos libres de preocupaciones y gastos)

Si solo gastáramos la mitad, solo nos quedaría la otra mitad para poder vivir… el resto de nuestra vida laboral. ¿No es lo mismo que asumir una deuda? ¿No es exactamente eso lo que hacemos cuando firmamos una hipoteca a 30 años?

Y efectivamente es exactamente eso: estamos adelantando el uso y el cobro de nuestros ingresos futuros, es decir nos estamos gastando en un acto una parte de nuestros ingresos de los próximos x años o meses.

Obviamente cada uno hará lo que le dé la gana o lo que crea que le conviene en un momento dado, pero cuando vaya a firmar un crédito, piense que se está gastando el salario de alguno de los próximos meses o años, y a lo mejor entonces descubre que “no es tan necesario lo que quiero comprar”. No espere que en este ejercicio le ayude el vendedor… a él le interesa exactamente lo contrario: que vd. no lo piense.

Para “facilitar” las cosas siempre es posible aumentar el número de cuotas para reducir el importe de cada una. Piénselo antes: ¿el bien que estoy comprando durará tanto como tardaré en pagarlo, o menos? No vaya a ser que esté vd. pagando cuotas meses más tarde que lo ha usado. ¿Viajes a plazos, cruceros?, ¿Les suena?, ¿Bodas, banquetes, bautizos?

Y, por favor, tómese la molestia de multiplicar el número de cuotas por el importe de cada una de ella para calcular el precio por el que la está comprando. Tendrá que hacer vd. la multiplicación, no espere verla en ninguna parte de la publicidad o del contrato: se sorprenderá con el resultado.

La otra parte de la trampa, dijéramos que el nudo corredizo del lazo, es endeudarse por pequeños importes muchas veces, precisamente por la facilidad para hacerlo. Hasta que caemos en la cuenta que la suma de pequeñas cantidades puede ser una cantidad importante.

Cuando llegue el caso, seguramente algún “alma” caritativa se ofrecerá para “reunificar” las deudas. Lo que le estará ofreciendo será algo de aire a cambio de terminar de exprimir el limón. El truco es el mismo, juntar todas las deudas en una sola, alargar el plazo y poner una cuota mensual más baja … con un “poquito” más de interés …

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