Extrañas navidades las de este año en las que a los habituales vértigos de consumo se añaden las incertidumbres de los mercados, las de los recortes por venir y en ciernes que todos esperan pero que nadie sabe exactamente, nuevo gobierno, viejos problemas, las mismas incertidumbres … y las cosas que lejos de mejorar parece que se alargan en el tiempo. Tiempo en fin de esperanza, porque no hay muchas alternativas más todo sea dicho.

La crisis no es algo de lo que informen los periódicos o los telediarios sino algo cercano y palpable que nos atañe de cerca: vecinos, familiares o nosotros mismos sin ir más lejos en muchos casos.

Y con todo queda la esperanza, la confianza en nosotros mismos y nuestro espíritu de resistencia. El Sol sigue saliendo cada mañana aunque algunos días parece como si se escondiera y todavía tenemos dos manos, dos pies, una cabeza para pensar y llegado el caso uñas y dientes con los que pelear el futuro o el presente.

Parece que todos colectivamente estamos fuera de nuestra zona de “confort” que dicen los psicólogos, esa “zona” donde todos estamos cómodos porque no tenemos qué pensar qué hacer porque sabemos que haciendo lo mismo podremos continuar viviendo más o menos como hasta ahora. Ya esto no es verdad, y todos y todo estamos en estado de alerta porque parece que enfrentamos no un cambio transitorio, sino realmente un cambio profundo que afecta a nuestras “verdades fundamentales” donde basábamos nuestra confianza y nuestro futuro. Ya no son ciertas, o no lo fueron nunca, pero es ahora cuando nos damos cuenta de ello y vivimos el vértigo de que vienen tiempos de cambios donde no será optativo cambiar, será necesario y obligatorio.

Y aún nos resistimos a cambiar, pensando que las cosas en algún momento volverán a ser como eran. Craso error. No, no volverán a ser como eran, serán diferentes y en el cambio habrá quien se quede en el camino y posiblemente muchos los que se queden mirando esperando que “le cambien”, que “les cambien” o que les “devuelvan a su sitio”, que “les pertenece”.

Esto no va a suceder, y todo el tiempo que perdamos en asumirlo será tiempo que no aprovecharemos para buscar y generar alternativas. Individual y colectivamente. Olvídense de esperar que las cosas se “arreglen” si por arreglar entendemos que vuelvan a ser lo que eran: no va a suceder; no puede suceder; simplemente no es posible. Nadie va a venir a hacerlo porque simplemente no es posible. Tendremos que hacerlo por nosotros mismos individual y colectivamente.

Y para empezar como todos los caminos un primer paso: cambiar nuestra propia mentalidad. Solo nosotros podemos ser los responsables de nuestro propio cambio. Las circunstancias serán las que sean, sobre esto no tenemos capacidad de decisión, pero sí sobre nuestra propia actitud: ¿vamos a dejarnos llevar como un corcho en el mar?, ¿vamos a seguir añorando los viejos tiempos y lloriqueando por lo que perdimos?  ¿ O vamos a intentar levantar la cabeza, fijar un plan y ponernos a nadar en alguna dirección para intentar tener alguna posibilidad?

Y si no es así … ¿cuánto más vamos a esperar?, ¿Qué tiene que suceder para que dejemos de esperar?

Feliz Navidad a todos, pero especialmente a los que han decidido ir a buscar el futuro en lugar de esperarlo por más tiempo.

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